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Juegos de grandes

diciembre 10, 2008

No todos los jugadores de azar tienen las mismas expectativas ni idéntico afán lúdico. Sin embargo, en cada ámbito hay comportamientos comunes y compartidos.

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Le pido al taxista que elija él mi destino: casino de Puerto Madero o hipódromo de Palermo. “Puerto Madero -me responde, con conocimiento de causa-. En Palermo, tenés carreras los lunes y los viernes, además de algunos sábados y domingos.” Me cuenta que ayer, lunes, cometió el error de ir a los caballos y que no pegó una. Razón suficiente para estirar la jornada laboral de hoy y también la de mañana.

En la avenida Madero a la altura de Independencia me bajo y camino unos mil metros hasta el barco flotante, antro de perdición. Son las 3 de la tarde de un martes y supongo encontrar poca gente. Un cartel indica cómo se distribuyen los juegos, en qué pisos. Empiezo por el primero: las máquinas tragamonedas.

Monedero para billetes

Poco lego en la materia le pido al responsable de la caja veinte pesos en monedas. Me responde que las máquinas tragamonedas no funcionan con monedas, sino con billetes. Tenía pensado adquirir un baldecito lleno de fichas, para darle de comer a la maquinita y al accionar la palanca para hacer girar las figuras, que el azar las empardará por capricho propio.

Antes de elegir “la” máquina donde se originará mi futura fortuna, doy unas vueltas para chusmear un poco. El público es, casi en su totalidad y de manera abrumadora, femenino y en promedio supera los 45 años, fuma y tiene un culo en el lugar de la cara.

Me decido por la versión de Robin Hood, pero ignoro cómo empezar. Hay una mujer a mi derecha, dos asientos más allá del mío. Intuyo que mi consulta va a molestarla, pero igual la interrumpo. Una y otra vez, pero no responde. De pronto aparece una chica que trabaja allí y se ofrece a darme una breve introducción.

En rigor, no hay mayor misterio. Una vez que selecciono la cantidad de líneas -que son las chances- y el monto de la apuesta, sólo resta pulsar el botón en cada jugada. El juego no precisa ser comentado ni analizado. Aburre y aliena. Al jugarse sin monedas, no hay ruido metálico, de manera que es casi imposible enterarse de la suerte del resto. En mi caso, el crédito se consume con tanta voracidad como Homero Simpson se atraganta con sus donas.

¡Palermo, viejo nomás!

En Palermo, el panorama es diferente por completo. Imaginaba encontrarme con otro tipo de gente. Tipos refinados, exquisitos, aristocráticos. El mismo público que podría encontrarme en el ambiente del polo, imaginaba. Asocié las palabras “caballos” y “Palermo” y fui víctima de mis prejuicios. Entre los burreros en general, y al menos en Palermo, son mayoría los de clase media urbana, y reina el arquetipo de los muchachos de un bar de estación. No parece que apuesten fuerte. Más bien, los convoca una especie de fascinación por lo que allí sucede. Ello no impide, sin embargo, jugar algunos pesitos según les dicte el presentimiento.

Es fácil distinguir a los habitués: una lapicera y la revista que todos conocen como “Palermo rosa”, sirven de infalibles distintivos. Según la información disponible en la gacetilla, analizan las chances de los competidores de la próxima carrera. En simultáneo, ojean el tablero electrónico para saber cuánto paga cada caballo. Para cuando suena la campana, ya todos tendrán sus propios candidatos. El rito es inalterable.

“Acá, la verdad no la sabe nadie y el que dice que la sabe es porque miente. Acá, hay que venir a divertirse, jugar unos pesitos y nada más.” Escucho a Vicente y decido que voy a seguirlo de cerca el resto de la tarde. “Hace 64 años que vengo a Palermo, tenía 18 la primera vez que vine. En aquel entonces vi correr a Leguisamo, di Tomaso, Elías Antúnez”, recuerda.

Se escuchan los comentarios sobre el porte y el modo de caminar de los caballos mientras desfilan a la vista del público y en dirección a las gateras. Orient Touch es una potranca que debuta en la tercera carrera y al ser la que menos paga se convierte en la favorita. “Ahí viene el cuco. ¡Buuuuhhhhh…!”, advierte uno.

Me inclino por el número 9, Past Hope, que paga tres pesos con quince centavos. Aunque también es una potranca debutante, me dicen que Jorge Ricardo, su corredor, es bastante bueno. Es una carrera corta, sólo mil metros. Al borde de la pista no se ve nada, pero escucho al relator que hasta hoy creía exclusivo para la transmisión televisiva. A partir de los 300 metros finales veo llegar a los competidores y empiezan los gritos desaforados. “¡Stoppini, viejo nomás!, ¡Stoppini, viejo nomás!” Luis Stoppini es el jockey de Testaruda Jet, que pagó seis con cinco.

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La rueda de la vida

En el segundo piso del casino flotante me encuentro con las mesas de póquer, black jack y ruleta, la diva indiscutida del casino. Son las cuatro de la tarde y el lugar, sin estar colmado, está bastante poblado. Algunas cosas me impresionan. En primer lugar, las caras de los apostadores. Un joven de traje parece haberse escapado del trabajo y juega en dos mesas a la vez. Imagino que su formación de administrador lo convence de que está capacitado para “incrementar sus ganancias en el menor tiempo posible”. Razones de eficiencia, que le llaman.

Un tal Alberto es otro que pulula entre las mesas, meta masticar chicle. Mozos y crupieres lo saludan por su nombre y con un beso. Un gordito con aspecto de chanta simpáticón -cadenita, pulsera y anillos de oro- anda con pocas fichas en la mano, pero de las grandes, aunque no parece muy concentrado en el juego. Por momentos, así gane o pierda, él se ríe a carcajadas.

El que más fuerte juega es un hombre alto y calvo. Por cada jugada, cambia mil pesos en fichas con las que hace torres sobre el paño hasta que el oficial dice “no va más”. Apuesta todo en ocho o diez plenos. Y nunca gana. Lo acompaña un viejo que le hace chistes y a cambio recibe un piloncito con el que hace su propio juego.

También hay una mujer de acento extraño (suena como del este europeo) que simula ser una especie de pitonisa. Con modales medidos pero provocativos, sugiere números a los hombres potencialmente débiles. Viste una blusa transparente y poco sensual y fuma cigarrillos delgados. Por momentos acepta fichas a modo de recompensa, y las guarda en su cartera.

El calvo ya cambió otras seis veces más un manojo de mil y no deja de perder. En la mesa de black jack, en cambio, un abuelo, cariñoso con su chica adolescente, se divierte con las cartas mientras ella hace lo propio con el sorbete de un jugo de naranja exprimido.

Los cartones sobre la mesa

Una hora y media después del mediodía del lunes, me meto en el bingo de la peatonal Lavalle. Cuento unas veintipico de mesas, casi todas llenas, y calculo que hay algo así como 150 personas. Me aproximo a una de las mesas con lugares disponibles, saludo y me siento. Todos fuman y pintan sus cartones. Son hombres y mujeres de entre 50 y 60 años.

Leo en la pizarra el pozo acumulado, mientras espero el inicio de una nueva jugada y pienso que el bingo debe ser el más comunista de los juegos de azar. Hay un pozo común que se reparte en dos premios, la línea y el bingo, y nunca es la casa la que se lleva todo.

Desde que el último afortunado dijo “¡bingo!” hasta que la niña cantora vuelve a enumerar las bolillas para la siguiente jugada, pasan entre tres y cinco minutos. Mis compañeros de mesa sólo hacen comentarios de ocasión: “Otra vez me faltaba un número” o “éste (por el cartón) me va a ayudar”. La ayuda significa 850 pesos cuando el cartón cuesta cuatro o, 470, si vale dos. Pero creo que la encomienda hace alusión a los casi 640 mil contantes y sonantes del pozo acumulado.

Que justo en la raya afloja al llegar

Hoy sí que hay mucha gente en Palermo. Se corre el Nacional, el derby más importante del año. Además del público habitual, encuentro más glamour que la otra vez. Hasta se huele. Sospecho que se trata de los dueños de los caballos que no quieren faltar a esta jornada de gala. Más tarde lo confirmaré cuando los vea abrazarse emocionados y en familia.

Lo encuentro a Vicente, serio y concentrado en la víspera del gran premio y me acerco a un costado. Cerca suyo, un hombre de bigote tupido matiza la ansiedad con críticas al favorito, el 2, City Banker (casi una burla a la coyuntura global). El punto que divide las aguas es que, si bien el caballo tiene pinta, el jinete no parece estar a su altura. El de bigote hace alarde de confianza por el 4, Garatero, “porque es guapo”, advierte. Yo, que también le tengo simpatía al 4, le pongo unos pesitos. Un flaquito de anteojos no soporta más chicanas delde bigote. “Me convenciste, le voy a jugar al 2”, larga, mientras se levanta en dirección a las cajas. El bigote está endemoniado. Acaba de ver en la pantalla del televisor que, en la pista, City Banker hizo un montoncito de bosta. “Eso es miedo, ¿eh?”, ironiza.

“Laaargaronnn”, avisa el locutor por los altoparlantes. La duodécima carrera es el clásico Nacional. Son 2500 metros o una vuelta completa a la pista y un tironcito más. El número 4 largó de manera penosa. Un error que parece irreparable. El favorito, picó en punta. El de bigote ruega que lo trague la tierra, pero terco acusa a Ricardo, el jockey del 4, de haberse dormido en la salida.

Los primeros 1500 metros fueron dominados por City Banker y su poco experimentado jinete, Facundo Jarcovsky. Ya en el kilómetro final, los jockeys apuran a sus caballos para tomar distancia del pelotón. Apenas Garatero lo consigue, el de bigote recupera el habla. “¡Ojo con el 4!, ¡Ojo con el 4!”, se envalentona.

La recta final se caracteriza por los alaridos y las arengas de euforia. A 200 metros de la meta el 2 sigue adelante, pero lo acecha Tecla Shiner, el 16, con Giannetti a la monta. “¡Giannetti, viejo nomás!, ¡Giannetti, viejo nomás! ¡Vaaamos carajooo”, se alargan las vocales.

La diferencia final fue por un hocico y, con toda lógica, la gente tiró la bronca contra City Banker. “El 2 me demostró que es un buen caballo. Con cualquier otro jinete, ganaba seguro”, sentencia el de bigote, que no puede quedarse callado.

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Mi travesía acaba y con ella mis apuestas que no hallaron retorno monetario. Ellos seguirán participando de su culto lúdico a la espera de que un golpe de suerte cambie sus vidas de manera radical. También a riesgo de su ambición los despoje de sus ahorros, propiedades y familias. Aún con las mejores intenciones, los apostadores transitan por un camino donde la pérdida del equilibrio, entre el propio juego y el dinero invertido, puede generar resultados lamentables. Como en el juego de la vida.

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