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Salvatore Giuliano, más bandido que Robin Hood

diciembre 11, 2008

“Un carabinieri muerto, es un carabinieri menos”, habrá pensado, tal vez, Salvatore Giuliano. Aquél oficial de policía lo quiso detener al sorprenderlo con mercadería robada. Sin mediar palabras, el muchacho de 21 años descubrió su arma y se identificó con un disparo mortal. Luego fue herido, pero logró escapar para refugiarse en las colinas de Montelepre, su pueblo natal.

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Hacia 1943, durante el transcurso de la segunda Guerra Mundial, Giuliano alcanzó fama como líder de una banda de ladrones que robaba ganado para repartirlo entre los pobres. Más tarde llegarían las relaciones con la mafia y los contactos políticos en una Italia que se encontraba en proceso de unificación. Su amigo de la infancia y cómplice principal, Gaspare Pisciotta, fue el responsable de la traición que acabaría con su vida a los 27 años.

Fueron muchos los que lo llamaron El Robin Hood siciliano. Es que a pesar de que Sicilia nunca fue Nottingham, que la aridez de Montelepre dista de la vegetación del bosque de Sherwood y que las razones que motivaron a Giuliano fueron por diferentes carriles que los del protagonista del cuento, hubo mucho aporte de héroe romántico e idealista en la breve vida del italiano.

Algunos otros, en cambio, creyeron mejor bautizarlo El bandido de Montelepre. También tenían sus argumentos: habían sido demasiadas las muertes y los actos de violencia en los que su banda estaba involucrada. Cuando Giuliano no era acusado culpable, la generosa suerte, que parecía estar de su lado, lo acomodaba en la categoría de sospechoso.

La matanza de Portella Della Ginestra fue, quizás, la flecha que, de manera ingenua, lanzó este Robin Hood siciliano para dar lugar a los preparativos de su lecho de muerte. Un pecado de juventud que sellaría el destino final e inevitable de un campesino que llegó a convertirse en coronel del Ejército para la Independencia Siciliana y que vivió al margen de la ley.

El 1° de mayo de 1947, en ocasión de unos festejos por el triunfo electoral de sectores de la izquierda, Giuliano y sus hombres debían ingresar en escena disparando al cielo para provocar temor en la muchedumbre. Pero no todos obedecían a una idéntica voz de mando. Once fueron los muertos y cerca de 30 los heridos, que entre niños y mujeres acabaron tendidos en la calle.

El gobierno debió designar a un escuadrón policial para restaurar el orden y obtener la cabeza del bandido. Se habló de diversos intentos, al cabo fallidos, para capturar al líder rebelde. Incluso, uno de ellos contó con el envío de mil soldados hasta Sicilia coordinados por el coronel Hugo Luca. Una a una las páginas escribieron la leyenda del joven mito viviente.

Fue el propio Gaspare Pisciotta, su mano derecha, quien optó por traicionarlo y ser el autor de su asesinato. Ante la sospecha de que Guiliano se fugaría a los Estados Unidos para escapar del acosador cerco con que lo tenían arrinconado las autoridades policiales, Gaspare mató a su amigo Turi (deformación de Salvatore) en la Acrópolis de Selinunte. Sólo la luna del 5 de julio de 1950 estuvo presente.

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