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La Tarzán

enero 13, 2009

Recostado sobre las adyacencias del ferrocarril Sarmiento, el bar Tarzán es la primera referencia de bienvenida para los pasajeros que acaban de descender del tren en Castelar, localidad de la zona oeste del conurbano bonaerense. Al salir por las escaleras del túnel peatonal, en dirección norte, una fachada en detalles fileteados se posa ante la vista del recién llegado.

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La Tarzán, tal como lo llaman al bar sus habituales visitantes, es, desde hace décadas, una parada obligada para los parroquianos locales. Una gran mayoría de ellos, convocados por el mito, la costumbre o tan sólo el encanto, han estado sentados, al menos una vez, en torno a las mesas que pueblan el viejo salón.

Ubicado sobre la calle Los Incas, quince metros antes de que se corte con Timbúes, se trata de un reducto con olor a bohemia y unas gotas de nostalgia. Un sitio donde los rastros de suciedad y grasa en los pisos, paredes y techos confrontan con la grata recepción de los anfitriones ni con el buen humor que transmite la clientela.

Entre paredes revestidas por placas de madera y sobre un piso irregular de baldosones un tanto flojos, las mesas cuadradas, de diferentes diseños y sin relación material con las sillas, están disponibles día y noche. Un único mozo, que se encuentra detrás de la barra, es llamado con un simple gesto de la mano para ordenar el primer trago o ingresar en la fase de las reincidencias.

En sintonía con los bares de estación, el vino, envasado en un botella con tapa a rosca, y sin corcho, se sirve en vaso, casi hasta el borde, con el resto suficiente para completar con un breve chorro de soda de sifón. Las pizzas al molde, en sus variedades muzzarella, cebolla o jamón, o las empanadas de carne son las ofertas sólidas que completan el menú.

Choferes de taxi, cuyos coches esperan en la vereda de enfrente, comerciantes de la zona y muchachos jubilados suelen ser los contertulios más frecuentes, y casi exclusivos, de lunes a viernes. Con la excusa de comentar partidos de fútbol, leer el diario, mirar la tele, jugar a las cartas o, tan sólo, charlar un rato, cualquier argumento es válido para la visita.

Los fines de semana, en cambio, son los más jóvenes los que invaden el ambiente. Mezclados entre borrachines y trabajadores que recién acaban de terminar su jornada y que aprovechan para hacer tiempo a la llegada del próximo tren, chicas y chicos se encuentran en la Tarzán, antes de ir a bailar, para escuchar bandas en vivo, en compañía de una cerveza o un fernet.

Sobreviviente a las modas pasajeras, esas que trasladan de aquí para allá al público en general, ante cada nuevo proyecto comercial del rubro, e indiferente a las atracciones de diseño visual y de confort, Tarzán permanece firme en su sitio. Igual que las vías vecinas del ferrocarril.

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